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¡No se que hacer con mi hijo/a!

15/09/2015

En numerosas ocasiones hemos oído lo que supone el período evolutivo de la adolescencia en el proceso personal del ser humano. La adolescencia es un tiempo de crisis, un tiempo de ruptura, un tiempo de transgresión. Estamos ante un tiempo de indefinición, se ha dejado de ser niño, pero todavía no se es adulto. Las figuras fundamentales en la socialización primaria, el padre y la madre, dejan de ser referentes directos para iniciarse una búsqueda de los valores referenciales en el par de iguales, los amigos. Es en este contexto en el que se da el acercamiento a las drogas.

No es nuestra intención dirigir, en esta ocasión, nuestra mirada a la realidad del adolescente; ya hay numerosos artículos que analizan conductas de riesgo, presentan protocolos de actuación, etc. Lo que os proponemos es focalizar nuestra mirada en los padres, las madres y los responsables de estos adolescentes; o más concretamente, cómo estas prácticas de riesgo, tan propias del mundo juvenil, inciden y afectan a los adultos responsables de ellos. De lo que se trata es de tomar conciencia de cómo vivo, de cómo siento; de los pensamientos  y las emociones que se generan en mí cuando pienso  que mi hijo o hija pueda realizar prácticas de riesgo dentro del mundo de las drogas.

¿Cómo tengo que hacer para poner la mirada en mí?

Podemos, a la vez que leemos este artículo, cerrar por unos instantes nuestros ojos, centrar nuestra atención en la respiración y simplemente, durante unos segundos, permanecer observando el aire que entra y sale de nuestro cuerpo. Y nos podemos hacer la pregunta ¿Qué siento cuando oigo o veo que mi hijo o hija tiene prácticas de riesgo con las drogas? Y mantener nuestra atención vigilante a los pensamientos y las emociones que aparecen en nuestro interior. Quizás, puedan surgir emociones de ira y enfado, o de miedo, o de remordimiento. También pensamientos asociados a estas emociones, “le voy a castigar de manera ejemplar”, “no es más que una chiquillada, se pasará con el tiempo”, “no sé qué hacer”, “mi hijo drogadicto!”…  simplemente observa cuáles son los mecanismos inconscientes que se activan al situarte en la escena. Es importante no juzgar lo que sentimos y lo que pensamos, simplemente mantenernos como espectadores de ese “torbellino interior” que se va creando.

¿Para qué es necesario realizar esta tarea de auto observación?

El objetivo de este pequeño ejercicio es identificar los mecanismos automáticos que se ponen en marcha en nuestro interior cuando nos enfrentamos a la posibilidad de que nuestros hijos e hijas se acerquen al mundo de las drogas. Descubrir si en nuestra primera reacción aparecen mecanismos de evitación, de confrontación, de sensación de pérdida de control, de vulnerabilidad, de culpabilidad… A cada persona le  surgirán distintas sensaciones en función  de variables personales, familiares y sociales. Tenemos derecho a sentirnos así; asustados, enfadados, avergonzados… La clave en este momento es no juzgar nuestra experiencia, sino hacernos conscientes de ella. Nos sentimos así por algo y eso no es ni bueno ni malo, simplemente es. Se trata de salir al paso de nuestra tendencia natural de retener lo agradable y rechazar lo desagradable. Estas emociones negativas son como animales a los que queremos controlar; cuanto más intentamos rechazarlas, atar o encerrarlas, más se debaten y mayor es su influencia sobre nosotros.

¿Y cuál es el siguiente paso?

En este segundo momento, después de haber desenmascarado el juego de expectativas y miedos personales que están operando en nosotros, después de haber escuchado los pensamientos y emociones que nacen de nuestro interior, estamos en disposición de centrarnos en la respuesta que la situación está requiriendo de nosotros. A menudo, es una tarea ardua y compleja acercarse de forma empática y receptiva a un adolescente que se encuentra encerrado en sí mismo, esto es lo que afirma Jon Kabat-Zinn es su libro “Padres conscientes, hijos felices”: Para poder ser empático ante el rechazo, es necesario no permitir que se interpongan nuestros sentimientos de dolor. Se trata de mostrar una perseverancia consciente que procede de nuestro compromiso de estar presentes como ellos lo necesiten, de demostrarles que no están solos y que no hemos perdido de vista quiénes son y lo que significan para nosotros. ¿Qué es lo que nuestro hijo o hija necesita? ¿Qué podemos hacer como padres, como madres, para acompañar a nuestro hijo o hija en este momento evolutivo tan concreto? Y aquí el abanico de posibilidades se abre de forma ilimitada; sin embargo, más allá de lo que en cada situación hagamos, nuestra respuesta habrá surgido de una actitud de consciencia y de escucha.

Como cierre a estas líneas os ofrecemos la reflexión de una madre,

SI PUDIERA VOLVER A EDUCAR A MI HIJO/A... 
SI PUDIERA SEGUIR SIENDO MAESTRO

Construiría su autoestima primero
Y la casa después.

Pintaría más con los dedos y señalaría menos…

Haría menos correcciones
Y más conexiones.

Apartaría los ojos del reloj
Y le miraría más a él... a ella…

Me interesaría por saber menos
Y aprendería a interesarme más.

Atravesaría más campos
Y contemplaría más estrellas.

Haría más excursiones
Y volaría más cometas.

Dejaría de jugar serio
Y jugaría más en serio.

Daría más abrazos y besos
Y menos tirones de orejas.

Vería el árbol en el fruto
más a menudo.

Sería menos firme
Y afirmaría mucho más.

Enseñaría menos sobre el amor al poder
Y más sobre el poder del amor

 

Txemi Santamaría. Psicólogo y psicoterapeuta. Centro Lagungo 

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